vencer mi mayor humillación…

Con la mirada baja,
sabiendo sus ojos clavados en mí,
me mira fijamente,
apoderándose de mi.

Sentado usted,
de rodillas, desnuda yo a su lado,
cerca pero lejos,
sin atreverme a acercarme más.

Oigo ese pequeño chasquido,
que hace con la mano en su propia pierna,
indicando donde me desea.

No me muevo,
no miro, no respiro,
quisiera fundirme en mi propia vergüenza.

Insiste en el gesto,
lenta, adopto la posición.
Sobre su regazo,
cediendo mis nalgas,
infantil vergüenza.

El primer azote en mi nalga derecha,
convierte la vergüenza en ira,
junto a la sinfonía de nalgadas.

Observa mi movimiento,
me deleita con su ritmo,
obligando a mi cuerpo
y a mi mente al abandono
en sus manos.

Gemidos, quejidos,
suspiros, gritos…

Mi sexo al descubierto
riega sus piernas,
que mantienen firme
a mi sometido cuerpo.

Complacido,
baja su mano a mi encharcado coño,
mientras renunciada poso mi cuerpo.
Dos dedos dentro de mi,
entran y salen con firmeza,
obligando a mi cuerpo,
de nuevo al movimiento.

Su polla abultada en mi vientre,
me acompaña en el placer.

Grito.
Grito fuerte.
Grito cada vez más alto.
Grito cada vez más rápido.

Le pido el orgasmo,
le suplico dejarme ir,
pero recibo silencio.

Le ruego, apretando mi cuerpo contra usted
aprisionando sus dedos en mi interior.

Lo dejo ir ante su orden,
mojando su mano que yace en mi,
notando los impulsos de mi ardiente sexo.
Educada, sometida y agradecida.
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