LA PRUEBA

Me dijo que me esperara en la sala hasta donde me había conducido, hasta que el viniera a buscarme, que antes tenia que hacer unas gestiones, y quería que mientras me prepara para Él.

Me dijo que su perrita debía estar siempre preparada para Él, dispuesta a servirle. Quería que me vistiera para Él como yo sabía que le gustaba, y me dispusiera a pasar una velada agradable y excitante.

La estancia era una pequeña habitación, con un sofá repleto de cojines aterciopelados, un tocador con multitud de productos de belleza, y una bañera antigua, separada de esa habitación únicamente mediante una mampara de madera y cristal.

No sabía cuando tiempo tenia hasta que mi Señor apareciera a buscarme, pero deduje que si me había dejado allí para que me prepara, era porque tendría tiempo suficiente para ello.

Llené la bañera con agua bien caliente, con sales y me metí en ella reposando mi cuerpo y me relajé pensando en estar bella para mi Dueño. Pensé que mi cuerpo era suyo, que debía cuidarlo y mimarlo para entregárselo en perfectas condiciones, para que Él hiciera uso como le pareciera conveniente, pues era suyo.

Después del baño, me sequé con mimo, me puse crema hidratante masajeando cada rincón de mi.

Me quedé sentada en el tocador, completamente desnuda, intentando mirarme con sus ojos, viendo como le gustaría que me vistiera hoy, cuando caí en la cuenta de que no había cogido nada de ropa, había sido todo muy rápido, no me había dicho donde íbamos y ahora no sabia que hacer.

Miré a mi alrededor desconcertada y vi sobre el sofá, una pequeña caja de color negro con una gran lazada en cinta roja. La abrí, esperando que contuviera un vestido para ponerme, pero vi aterrada que en ella solo había ropa interior. La saqué de la caja, y observé maravillada la preciosidad de aquella tela…

Había unas medias, y un corpiño precioso de color negro, que cubría a la perfección mi cuerpo ajustándose como un guante y marcando mi cintura y mis pechos, los cuales quedaban enmarcados por él pero sin cubrirlos.

Allí también había un pequeño collar negro con una nota que decía “este tendré el honor de ponértelo yo para comprobar tu entrega”.

Esas palabras turbaron mi alma, y me entregaron a un completo viaje por mi imaginación. Mi Dueño había pensado algo realmente especial para esa noche, y como premio, si era digna de ello, recibiría mi collar.

Justo al lado del sofá, en el suelo, unos zapatos de alto talón completaban mi vestimenta.

Nada mas había, a parte de lo mencionado, y ciertamente confieso que me preocupó, pues mis partes íntimas quedaban totalmente al descubierto.

Así vestida de nuevo me acerqué al tocador, me peiné como le gusta, el pelo suelto. Me maquillé ligeramente, a mi Dueño no le gusta que me maquille demasiado, pues dice que a las cosas bellas no hay que taparlas…

El toque final, unas gotas de un perfume exquisito que había dejado allí, preparado para mi…

Aun me sobró algo de tiempo, que gasté paseando por la pequeña estancia, contemplándome de vez en cuando imaginando como mi Amo había preparado todo aquello con tanto esmero, y como yo deseaba complacerlo en todo, a pesar de mis miedos y mis inseguridades.

Alguien llamó a la puerta, contesté con voz dulce y temerosa, se abrió y mi Dueño apareció delante de mí, con ojos centelleantes y pasionales, con una expresión de admiración y lujuria.

Bajé mi mirada, ruborizada como suele sucederme cuando el me observa en silencio. Sin meditarlo, me puse de rodillas ante Él, y besé sus botas.

Me acarició el pelo y dijo que estaba perfecta, como a Él le gustaba.

Pequeña zorrita, hoy debes obedecerme en todo, debes mostrarte sumisa y orgullosa de complacerme en todos los actos que realices. Piensa siempre que te estaré observando y debes mostrar la educación recibida, pues tu comportamiento habla de mi.

Deseé como nunca servirle, ser digna de Él y demostrar al mundo entero, como esta perra sumisa, pertenecía a su Dueño y le servia en todo.

Me colocó el collar, y una cadena unida a su mano y me condujo a cuatro patas, dándome pequeños azotes con su fusta en mis nalgas desnudas, marcando el paso que debía seguir.

En otra estancia, observé varios Amos más con sus respectivas perritas, unas mas sumisas, otras más rebeldes que no tardaban en ser castigadas…

Recordé en ese momento, el sentimiento que ellas debían estar experimentando y que yo tantas veces había sentido, hasta desear mi completo abandono y sometimiento, y sentí ternura por ellas.

Miré de reojo a mi Señor, que se mostraba altivo, seguro de que su perrita no mostraría disconformidad ninguna y vi como era elogiado por otros Amos, por su gran trabajo realizado conmigo…

Reconozco que tuve algún sentimiento de ira, ante la humillación que sentía porque hablaran de mi como si no estuviera allí, pero controlé bien ese sentimiento y lo convertí en mi propio orgullo de servir a mi Amo.

Me indicó con un leve tirón del collar, que debía reanudar mi marcha, y me hizo subir hasta una mesa de madera, donde permanecí a cuatro patas, donde anclaron mis pies y manos forzando la posición, manteniendo mis nalgas expuestas y mi sexo abierto mientras lo observaban.
Su voz en mi oído, un susurro leve me dijo: “demuéstrales a todos como tu Dueño te ha entrenado pequeña puta, se tu misma, pero siempre fiel a las enseñanzas de tu Amo”.

Noté como una fuerte pala impactaba en mis nalgas una y otra vez, produciendo un vaivén en mi cuerpo que me dificultaba mantener la posición marcada. Sentía manos acariciando mi sexo, entrando vigorosamente en mi vagina, abriendo mis nalgas para entrar en mi ano. Mis pechos pellizcados y retorcidos. Mi boca usada.

En mi pensamiento, el dolor que sentía, la humillación de ser usada, y en mi alma tan solo el refugio de complacer a mi Amo, de recibir su aprobación tras esa dura prueba.

Perdí la consciencia del tiempo, mientras me esforzaba en gemir con contención a cada gesto, a cada azote, a cada caricia, mientras mi sexo inflamado no podía dejar de mostrar su excitación, regalando a los que me observaban mis flujos calientes y densos. 
Tanto deseaba complacer mi excitación, que busqué con una suplica en los ojos a mi Señor, que entendía perfectamente mis necesidades, pues sabía de mis reacciones.

Vi con alegría como se levantaba y le perdí de vista cuando estaba ya detrás de mi. Sentí unos dedos en mis sexo que identifiqué como suyos, pero no fue placer lo que siguió, sino un tormento que nunca antes me había infligido. 

Unas pinzas en mis labios inflamados y un pequeño peso colgando de la cadenita que las unía, me indicaron su disconformidad  a mi suplica, y entendí que cualquier gesto esa noche podía poner en evidencia mi debilidad y mi Dueño no lo permitiría.

Me rendí con pasión a las dulces torturas de tantas manos como ni siquiera adivinaba a contar. Unas firmes, otras dulces, inflexibles, crueles, que según su gusto, aplicaban en mi sus perversas fantasías.

Al rato de mi sesión, sin poder a penas centrar la visión, vi al fondo de la sala, a tres de las sumisas que había visto antes con sus Amos, de rodillas, con las manos a la espalda, y a su lado, sus respectos Amos, aguantando su cara, forzando a esas aterradas chicas a que me miraran.

Contrariamente a lo que puede parecer, eso me dio fuerzas para continuar con mi humillación con diligencia, pues quería ser ejemplo para ellas y que mi Señor se pudiera sentir orgulloso ante aquellos Amos.

Creí no poder aguantar más mi excitación, cuando observé a varios desahogar sus excitados miembros en sus sumisas, usarlas a la vez que a mi me utilizaban. 

Miré de nuevo a mi Amo, con mirada de agradecimiento, por haber hecho de mi, la sumisa que siempre ansié y me sentí orgullosa por Él…Bajé mi mirada y a pesar del dolor sentí necesidad de sonreír mientras mis mejillas se inundaban de lagrimas.

Se alejaron todas las manos de mí, y recogí su sexo vigoroso y caliente en mi boca. Nadie mas parecía estar allí, solo Él y yo. Le chupé, lamí, succioné su polla y sus testículos con el mayor deseo que jamas había tenido, mientras Él me acariciaba el pelo, en señal de aprobación.

Descargó su leche espesa en mi boca, que tragué con gusto, lamiendo su polla aun tersa hasta saciar su deseo.

Acercándose a mi me preguntó: “¿preciosa, que necesitas?”
“Mi Señor, le dije, desearía que liberaras la pasión de mi sexo”.

Sin mediar palabras, fue hacia mi parte posterior, quitó con suavidad las pinzas de mis labios, y fue su lengua la que recorriendo mi dolorido sexo, calmó su dolor y lo convirtió en explosión de excitación.

Mi dolorido cuerpo perdió el control en un baile frenético con su cara en mi sexo y ofreciéndole mis jugos me abandoné al orgasmo que me regaló.

Mientras los demás jugaban y desahogaban sus excitaciones, mi Dueño, me desató, me acarició, y me sacó de allí en brazos, hablándome durante todo el camino a una nueva estancia, donde me dejó desnuda en la cama, untó con aceite mi dolorido cuerpo, y me beso con dulzura.

Sus palabras eran bellas, dirigidas únicamente a mi, sintiéndose orgulloso por mi comportamiento, pues por fin había logrado hacer de mi la sumisa que tanto ansiábamos.

Fui feliz, una noche donde mi cuerpo estaba completamente dolorido y mi alma sanada del dolor del aprendizaje de todo este tiempo.

Este abandono de mi misma, para ser suya, me proporciona a partir de ese día todo lo que necesito para vivir feliz a sus pies, donde vivo por y para Él.


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