Excursión turística

Solo era una excursión turística, todos viajábamos con pintas de guiri, algo descuidados ya por el largo viaje, cansados y hambrientos.
 Por fin, llegamos al tan esperado destino, unas ruinas romanas muy bien conservadas.
Nuestro guía, que parecía un perfecto conocedor del medio, se desenvolvía con soltura explicando cada una de las piedras que allí quedaban en pie.

Era ameno, me gusta escuchar a quien conoce la historia, y transportarme a esa época, hacer mía su historia y revivirla.

Absorta yo en su explicación, me distrajo de ella unos leves sonidos que provenían de la parte posterior, ssh ssh… y de nuevo ssh ssh…
Me giré, miré a mí alrededor pero no vi a nadie, así que pensé, sin darle mayor importancia, que me lo habría imaginado.

Continuamos la visita, y como siempre me quedaba atrás, la última del grupo, siempre me pasa lo mismo, puesto que me embeleso con la belleza de cualquier escena, y voy a remolque del grupo.

Varias estancias antiguas del coliseo que visitábamos, me reportaban a una época de guerreros y damas con sus largos vestidos sedosos, con grandes escotes y su largo pelo con preciosos recogidos…

Viajando yo a esa época con mi imaginación, sentí como algo me empujaba hacía atrás, alguien me cogía fuerte y me llevaba en contra de mi voluntad.

Era un rincón oscuro, una pequeña estancia donde tan solo había unas paredes de piedra, una pilastra en el centro de la estancia y algunas argollas metálicas en las paredes.

Me pegó a la pared, y sin saber porque me mantuve allí quieta, inmóvil, no sentía ningún miedo, solo le observaba delante de mi. Me producía una calma apasionante observarle, mirándome, analizando mi cuerpo.


Se acercó lentamente a mí, cogió mis manos y ató en ellas unos cuerdas, unos nudos extraños, que realizaba con gran agilidad. Me sorprendí observando la belleza de esas cuerdas anudadas a mí, dibujando surcos en mi piel, clavándose levemente produciendo un pequeño dolor exquisito.

Mis manos quedaron atadas, manteniendo mis brazos muy abiertos, a unas argollas que había en la pared, mientras que las suyas acariciaban mi cuerpo, dibujando mi silueta, como si intentara imaginar mi cuerpo desnudo.

Un momento de consciencia me hizo creer que eso era una locura, aunque él me resultaba terriblemente irresistible, al fin y al cabo era un extraño y me estaba dejando llevar por el deseo de que me hiciera suya. Me revelé, quise soltarme, y forcejeé con todas mis fuerzas para soltarme y salir corriendo de allí.

Ese intento apenas duró unos instantes, puesto que sus manos se emplearon en mi. Unos azotes fuertes en la cara exterior de mis muslos, cerca de mis nalgas, con una mano fuerte, segura, mientras que mantenía mi cara agarrada fuertemente con la otra, clavando su mirada en mi ojos.

– Zorra, se acabó, y lo sabes, por mucho que luches, sabes que me perteneces, y ahora haré uso de ello.

No entendía sus palabras, no sabía a que se refería, pero me resultaban terriblemente excitantes y sentía deseos de que eso fuera así, pero contrariamente le dije:

– ¡Gilipollas! ¿qué te crees que estás haciendo? ¡eres un tarado. Gritaré y esto acabará ya. Enfermo retorcido!

– ¿A si puta? ¿y porque no has gritado ya? ¿por que te has dejado atar mirando con pasión las ataduras?¿por que no te has resistido puesta en la pared mientras te miraba?

– ¡Hijo de puta, estás loco! ¡suéltame!¡solo estaba asustada y no era capaz de reaccionar!.

– Pequeña, ¿mi pequeña puta asustada? pues…siento decirte que ya es demasiado tarde, tu cuerpo me desea aunque te engañes a ti misma y sé que lo vas a disfrutar tanto como yo.

– Déjame imbécil, gritaré, de verdad que gritaré.

Se acercó a mí de nuevo, muy cerca, casi pegado a mí, observé su belleza, era increíblemente guapo, al menos a mi me lo parecía, y había algo en él, que me sometía. Teniéndolo cerca, no era capaz de soltar palabra alguna.

– Vaya, ya veo como gritas, zorrita.

– Lo siento, le dije bajando mi mirada, sin saber porque…

-¿Con que lo sientes eh? pues ya te dije que era tarde…

Me quitó los pantalones, mis pequeñas braguitas y arrancó mi camiseta y mi sujetador, pegando mi cuerpo a las frías piedras que me mantenían inmóvil.
Mi cuerpo, temblaba pensando yo de frió, pero sentía que mi sexo quemaba y pedía ser acariciado.

Creo que lo notó, o lo sabía, parecía conocerme mejor de lo que yo misma lo hacía y se acercó, metiendo su mano en mi chorreante coño, y dijo:

– vaya, mi perra está caliente…¿tienes que decirme algo ahora?
– No Señor.
– Perfecto, me parece perfecto.

Mis pechos asomaban duros, tersos y mis pezones le apuntaban de forma impertinente deseosos de ser maltratados por él.

Acariciaba mis piernas lentamente, viendo como cada poro reaccionaba a su contacto, hasta llegar a mis tobillos. Ató de nuevo cuerdas en ellos, pensando yo que me ataría con las piernas bien abiertas a algún saliente o argolla situada en la parte baja de la preciosa pared de piedra, pero no fue así. Una vez anudada la cuerda a mis tobillos, anudó otras a mis piernas, y las ató en alto, dejando mi cuerpo colgando, las piernas flexionadas y mi sexo completamente expuesto, abierto para él.
En esa posición me tuvo largo lato, azotando mi sexo, jugando con diferentes juguetes que sacaba de una pequeña maleta que había dejado en un rincón de la estancia. Mis gritos de placer, de dolor, intercalados, profundos, resonaban entre las piedras antiguas, creando una armonía mágica. 

Vi como su sexo, se mostraba a través de los pantalones, indicando que aquella escena le producía gran placer.

A punto de llegar al orgasmo, de abandonarme al placer que sus manos y artilugios me provocaban, decidió parar en seco, aventurando por mis movimientos, lo que se avecinaba. 

Me desató de las argollas, para someterme a otra postura si cabe más incómoda y excitante. Me colgó boca abajo usando las mismas anillas que antes me habían soportado, pero lo que no cambió en esa postura es que mi sexo quedaba nuevamente expuesto para él. 

Introdujo en mi sexo, uno de sus juguetes, haciéndolo vibrar a máxima potencia, y me dijo:

– Zorra, ¿deseas mi polla?
– Si mi Señor…
– ¿Desearías que ésta te invadiera tu mojado coño, puta?
– Si mi Señor…
– Pues es a tu boca a la que me voy a follar, porque tu coño ahora está ocupado.

Sacando su tersa y caliente polla, abrió mi boca y metió su polla hasta el final de mi garganta, y una y otra vez, follándola sin compasión salía y entraba de mi boca, mientras que su juguete follaba a la vez mi excitado coño.

Noté como su polla se inflamaba dentro de mi boca, como su leche en breve inundaría mi garganta, y sentí un gozo excepcional, que me hubiera llevado al orgasmo, que tanto deseaba ya, si no hubiese sido porque se retiró de mi, llevándose a la vez el juguete que mantenía entre mis piernas, azotando mi sexo vivamente para contener en él la pasión que me había dado.

Cuando mis gemidos fueron ya de su agrado, me desató lentamente y con muchísima dulzura y delicadeza, acariciando los surcos que las cuerdas habían dejado en mi cuerpo, cada vez que una vuelta dejaba al descubierto las marcas. 
Sentí que me abandonaba en sus manos, que era completamente suya y ya jamás quería separarme de él, era mi Dueño, mi cuerpo era suyo, y mi mente también.

Me cogió entre sus brazos, llevándome sobre la pilastra del centro de la estancia, dejándome reposar sobre ella unos segundos, de nuevo, mis manos envueltas entre las suyas me elevaban y me dejaba colgando del techo. Se pujo debajo de mi cuerpo y introdujo su sexo dentro del mío. Un movimiento innato me llevó a balancearme sobre él, notando, por fin, su sexo vivo, ardiente, dentro de mí, removiendo mis grandes pasiones, desatando mis ardientes deseos.

No pienso, tan solo siento, y siento llegar ese orgasmo, por fin me lo concede, por fin me lo regala, por fin….ya está aquí. Exploto y el debajo experimenta mi fuerza. 
Mi sexo oprime al suyo, haciendo que desee explotar conmigo, que desee abandonarse también dentro de mi, pero…una vez más, cuando sabe que ya he recibido mi dulce momento, controla la situación, sale de mí, me desata rápidamente, me tumba con agilidad en la pilastra y riega mi cuerpo con su caliente jugo, esparciéndolo como quien riega una flor, su flor, su tesoro a partir de ese momento por siempre más.

Soy suya, lo deseo y él lo desea.


 
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